9/03/08

Vaso

La situación, vista desde otro punto de vista seguramente parecería totalmente convencional. Involucra a la eterna y más tarde cristiana conjunción de un solo hombre con una sola mujer, pero se la encuadra entre ciertas palabras y unos signitos de ayuda para que simule tener algunas chispitas de distintividad.

Resulta que deambulaban como partículas de polvo en el viento, bajo el sol, nuevos, y bajo la luna, gatuna, haciendo sombra también, pero más ténue.

De ella, no se podría decir demasiado porque no se sabe y cualquier verbalización que se hiciera no sería más que una mentira sin pegamento que se degrada con la lluvia, después de ser arrojada como caja de cigarrillos baratos al piso, cosa que no debe hacerse.

Por otra parte, de él sí se pueden evocar ciertos sentimientos. Él pasó sin escalas de león a gatito ciego recién nacido, pegajoso, sucio, antes aún de ser lamido por la madre, quizás en el vientre todavía. Un ojo avispado podría haber notado cómo la melena se iba retrayendo hacia adentro, las patas se achicaban, los músculos decían chau en francés y nadie los escuchaba y, sobre todo, los grandes testículos implosionando hasta despertar ternura. El de las fauces llegó a ser una criatura inofensiva, ahora ansioso de leche tibia y un ovillo para juguetear.

Lo que tenían en común era el ámbito, sin duda restringido, de un vaso de whisky. Lo recorrían de punto a punto, puesto que decir de lado a lado sería incorrecto tratándose de las paredes tubulares del vaso, coqueteando lentamente, cautelosamente.

Ahí, en ese recoveco de la aventura, esa insaciabilidad del movimiento emocional, ese vapor de atracción y lusa, digo, ilusa, mirábanse sin roces, veíanse sin pestañeos en coro y otras suertes.

Eran un traguito. Pero fuerte. En determinado momento, cambió completamente el panorama. ¿No sería muy pronto para decir que todo fue muy rápido? ¿A qué límite de velocidad se referiría la consideración? ¿Acaso hay una velocidad permitida por la ley, ¡qué ley!? Alcanzado el objetivo, por desgracia, hay más objetivos y es prácticamente imposible no entristecer en asuntos con una seriedad como esta..

De tanto querer que se derritiera el hielo, se derritió el hielo. Por el calor mismo del deseo. Y ahora, confundidos, casi arrepentidos, esperan que la bebida no se caliente mucho.

Se abrazan, se beben y esperan plácidamente, tranquilitos, sentados en el doloroso fondo con las piernas cruzadas, soberanos de su parsimonia, a que la historia tenga su correspondiente final.

20/02/08

El accidente

Estela, que fumaba en la esquina, le tenía miedo a los gatos y a los accesorios de plata, pero amaba con pasión sentarse a mirar la tele y comer pan humedecido en leche. Tampoco le temía al cáncer, o bien fingía no temerle, porque esa era la única actividad autodestructiva que se podía permitir. Había vivido por años en un extraño letargo, en la represión de un claustro que se había colado bajo su piel y que había fundado conventos, donde sus instintos más religiosos celebraban misas y rezaban rosarios por los domingos, ayudándole a soportar el dolor. Sin embargo, desde la noche del accidente, desde aquel momento en que su esposo le había apuñalado por la espalda y ella se había derramado encima la olla de agua hirviendo para el spaghetti, desde ese veintiséis de abril, ella había decidido vivir fuera de su cárcel y aprender a sonreír. Al fin de cuentas, su esposo, que huyó cuando recordó que la sangre era dramática, estaría demasiado lejos como para interferir en sus nuevos proyectos de vida. Caminando adolorida, más por la quemadura que por la herida, Estela levantó el teléfono y llamó a una amiga que vivía en la calle de los restaurantes chinos, y le preguntó si sabía cuánto cobraban las ambulancias por los servicios. La mujer, al otro lado del auricular, respondía riéndose: “Estela, por Dios, no seas ingenua, las ambulancias son gratuitas. Aunque a veces tardan en llegar”. Ella, agradeciendo la información, prometió llamarle la semana entrante para beber el té y mirar las revistas de bordados, que al parecer había comprado dos muy lindas. Sin colgar el auricular, Estela volvió a marcar. La operadora, que había sufrido una obstrucción con un pedazo de carne la noche anterior, trabajaba ahora como nunca lo había hecho en la vida, pues ahora comprendía que atender las llamadas del servicio de emergencia era una labor mucho más noble de lo que había creído, aunque fuese tan mal pagada. Estela, pidió la ambulancia, y describió su caso como un derramamiento accidental del agua caliente, pues pensaba que si los paramédicos llegaban por la quemadura podrían revisar de una vez la puñalada, y no sería necesario exponer a su esposo a convertirse en el chisme del día de quienes respondían a las llamadas. Recordando que su amiga le había avisado que el rescate tomaba su tiempo, fue al baño y se miró en el espejo. Si bien nunca había estudiado medicina, sospechaba que la herida bajo el abdomen requería de algún tipo de costura y decidió utilizar un pañito para las manos como un objeto para ejercer presión. Sentándose sobre el excusado, observaba las pequeñas coloraciones rojizas de sus piernas y de sus manos, y pensó que le tomaría algunos meses volverse a recuperar. Estaba mareada. Saliendo, caminó hacia la sala, y miró el televisor. Diez minutos después, los socorristas, uno que gustaba de los programas de cocina y otro que miraba poca televisión, llamaron a la puerta. Tomando el bolso, las llaves, el paquete de cigarros y el encendedor, Estela salió. Caminaba renca, con la mano derecha apoyada sobre la herida. ¿Es usted quién sufrió la quemadura?, dijo el socorrista gourmet. Ella asintió. ¿Y esa sangre?, preguntó el otro. Es de la puñalada, dijo Estela, caminando sin duda hacia el automotor.

En el hospital, la policía le interrogaba. Estela habló de ladrones, uno que entró por la puerta de enfrente y otro que entró por la ventana del cuarto, que habían mirado que estaba sola en casa y que no habían perdido la oportunidad, pero que se asustaron cuando vieron la sangre, que era roja y rápidamente manchaba la blancura de la cocina. Los describió como uno bajo y algo chino y otro alto y algo blanquito. Dos días después, Estela salió del hospital, tomando un taxi que la llevó hasta su casa, la esperó veinte minutos, y luego la había trasladado de nuevo hacia el centro de la ciudad, pero esta vez no fue hacia el mercado como sucedía los martes sino que la condujo a la estación de autobuses. Ahí, en la esquina, Estela fumaba, jugando con el tiquete que la llevaría a casa de su hermana, que también estaba viviendo con un hombre y que también había sido visitada por los ladrones, uno blanco y otro chino, menos de dos meses atrás. Su hermana, sin embargo, no había sido nunca apuñalada con un cuchillo ni víctima de accidentes con el agua, porque ese hombre si la amaba y no era como el esposo de Estela, porque él le daba flores y le preparaba baños perfumados; y quienes no la habían tratado bien, a su hermana, habían sido aquellos dos, que aprovechando que el enamorado compañero había salido, le habían robado un poco dinero, atún en lata y un radio de pilas. De golpes y heridas punzocortantes, no había nada, pero eso era porque ella había corrido, no porque los ladrones no fuesen capaces.

Tres meses después, Estela estaba recuperada y ya ni pensaba en si su esposo la buscaría o si estaría con otra, aquí o allá, jugando con pistolas o con cuchillos. Había conseguido trabajo como cajera de un supermercado nocturno y bordaba por las tardes, acompañada de su hermana porque su amiga estaba ocupada para viajar cuarenta minutos hasta la casa de su hermana. La policía buscaba aún a aquellos dos hombres, uno blanco y otro chino, que según los testigos también viajaban con otro sujeto que tenía acento, que unos decían que era negro y otros, que era mestizo; pero que los tres, juntos o por separado, habían provocado quemaduras y asaltos, violaciones y puñaladas, disparos y envenenamientos, y que nadie sabía a ciencia cierta cuántos crímenes habían cometido y cuántos más podrían cometer. Todos les temían en la ciudad, todos menos Estela, que sólo tenía miedo de los gatos, de los accesorios de plata y del recuerdo de un frío que había sentido cuando la cortaba de par de par.

9/02/08

Relevo

De repente todo fue fantasía.

Y yo lo escribía más o menos así.

El niñito era distinto, estaba apurado para perder todo lo que en el futuro extrañaría, quería sentir cómo era eso de extrañar. Extrañar, es algo que algún día querría dejar de hacer.

El jovencito aprendía a su corta edad todo lo que yo iba adquiriendo, día a día, pero me las ideaba para crear situaciones en las que un maestro le dictaba los conocimientos. Como no podía ser de otra forma, empecé a escribir tardíamente; mi creación no me alcanzaba en saberes nunca y yo me consideraba en mejores condiciones que él. Eso era justamente lo que yo quería: notarlo comprensivo, asombrado, maravillado del maestro que suponía ser al crearle una existencia. Necesitaba por una ocasión en mi maldita vida sentirme admirado por alguien.

Me volví totalmente ruin y solitario, rodeado de momentos de aislamiento total, sin comunicación, buscando impetuosamente cada noche poder estar lejos de las personas, lejos de los animales, para seguir con mi historia de la manera más auténtica posible, sin influencias de ningún tipo. Atrás quedaron las fiestas, las cenas con amigos, las impostergables reuniones de vino y tabaco en los salones vidriados de la casa de mi cuñado y las incursiones en el club del ajedrez. Todo. Ya nada. Yo.

Fui quedándome sin pertenencias por no querer hacer otra cosa que escribir y escribir. Poco a poco también me fui quedando sin consejos para mi marionetita, el niño de vez en cuando se me sublevaba acorralando al maestro que yo le ponía adelante hasta casi hacerlo desaparecer en varias ocasiones. Ya los golpes no servían y la autonomía fue creciendo y yo, pobre de mi si me viera en este momento, tuve que despojarme de mi espejo tan valioso en esa época para poder seguir con mi obsesión.

En el espejo yo veía cómo mi cuerpo cambiaba de forma. Reía al ver cómo las partes redondeadas de mi barriga se iban quedando rectas y luego se invertían su curvatura hacia adentro, mis costillas puntiagudas. Hubiera pinchado un globo quizás si lo apoyaba de la forma correcta contra mi tórax.

Mis lápices se acabaron, mis hojas también y yo aún creía tener cosas por instruirle. Fue un lapsus nada más, lo juro. Robé y maté. ¿A quién? No importa, espero ser juzgado alguna vez. En mi encierro dejé de desconfiar de la justicia por considerarme justo, lo cual me quitó un poco de mis preocupaciones.

Finalmente tuve de nuevo materiales y seguí, ahora con una nueva historia para contarle a mi personaje, una historia cruel, cobarde, causada por un protervo sin escrúpulos, un crimen minucioso con fines literarios que nadie fue capaz de premiar.

Y la velocidad del relato cambió, pronto tuve que repetir mis condenables actos con mayor frecuencia. Vendí el resto de mi casa a cambio de unas monedas. Puesto que asesinar y saquear era lo único que hacía ya, era todo lo que podía contarle.

Él continuaba poniéndose más díscolo con cada aparición de la palabra "hoy", y la historia fue absorbiéndome lentamente, aún más. Ahora entiendo mejor ciertos asuntos. Mi historia fue el caso de un escritor sin la suficiente creatividad como para mantener un mundo en pie, sin contacto con el mundo en pie en el que creció. Iba legándole sólo lo que yo veía.

Cuando ya no tuve formas de procurarme ni el papel, ni siquiera un lápiz, empezó la locura.
Con mi mano derecha escribí sobre mis camperas, luego mis pantalones, sobre mi camisa, sobre mis zapatos y era imparable el proceso. No podía dejar de escribir por nada del mundo. Sobre mi pecho, mis piernas, mi otro brazo y sin darme cuenta conté todo lo que sabía, mi imaginación dejó de responderme y toda mi vida perdió el sentido.

Ahora recibía órdenes. Era un títere de mi creación, y no me dictaba nada bueno. Sentía sus palabras como resentidas conmigo, como tomándose venganza por lo que yo había hecho de él.

Me dirigí directo al rosedal, corté una larga rama y, con la flor de guía, la empujé hacia mi boca todo lo que pude. ¡Ah! ¡Ah! Fue un toser sangre y agarrarme las entrañas lo más fuerte que pude hasta no sentir más ni una espinita adentro.

Escribir después de muerto es una experiencia traumática al principio, pero creo que ya medianamente se entienden mis palabras.

Ahora otro escritor continúa mi relato. Él no sabe por qué motivos si no escribe al comienzo de cada hoja que el niño llora no puede continuar escribiendo. A veces lo escucho hablar solo y siento que está en buenas manos. Por las noches lo observo escabullirse y repetir mis condenables actos. Todo se repite.

Hay que tener mucho cuidado cuando se pretende dejar algo a la posteridad.

30/01/08

Flores para una mujer desnuda

Cuando se desnudó se sintió huérfana de patria y de religión. Mirando por la ventana la fría avenida, sin sentir pudor, salió al balcón. No escuchaba los gritos de las mujeres de las ventanas cercanas ni de los hombres de las calles debajo. Quería que el viento lamiera sus poros y borrase de antemano las marcas que le dejaría la ciudad. La gravedad ejercía su fuerza sin remedio. Los pechos caídos y la piel bañada por la luz de la publicidad habían adquirido una notable y espontánea celebridad, invitando a periodistas y caminantes a rendirse a sus pies. Ahí abajo, mientras unos pensaban en poseerla, otros pensaban en salvarla y protegerla. Las mujeres que antes gritaban eufóricas ahora susurraban histéricas que la mujer desnuda iba a saltar. Tenía los puños cerrados con fuerza y miraba hacia delante, como si estuviese perdida en un pasado que la envolviera y la tentara a dar un paso más. Pero ella no pensaba saltar aunque los de abajo ya ensayaban sus reacciones para hacer más verídico y dramático el momento. No. Sus planes eran otros. Ya lo había definido, que una muerte más, no generaría gran suceso aunque quizás si mucha sangre. Por eso había planificado todo con cuidado. Había pasado la tarde escribiendo, cortando finamente y haciendo rollitos con los pedazos de papel. Y así, esperando el momento justo en que el viento hiciera la pausa, abrió las manos. Las trescientas tiras cayeron como serpentinas, seducidas por la gravedad pero no violentadas por ella, como si sus cuerpos se resistieran a caer pero encontrarán una oculta pasión que al fin de cuentas las haría ceder. En la avenida, los rostros miraban hacia lo alto esperando. La policía golpeaba ahora con suavidad la puerta del viejo apartamento: ¿Está usted bien, señorita? Desde el balcón, respondió: “Perfectamente, oficiales, sólo estoy desnuda”. Entonces la conversación se acabó, no porque la policía se hubiese marchado sino porque el tono de su voz había marcado un territorio imposible de flanquear.

Mientras, los papeles seguían su marcha hacia las manos estiradas de los transeúntes. Las mujeres histéricas, que antes estaban eufóricas, empezaban a descubrirse obsesivas: Yo necesito mi papelito, decían, y movían los brazos con pereza y brutalidad, repitiéndose en sus adentros que debían atrapar el papelito, mirando que las otras no se adelantaran en la captura y también vigilando que ningún tipo les ganara la cartera, o a los niños, como sucede cuando hay distracciones en la ciudad. Algunos hombres también miraban las tiras descender mientras otros seguían mirando los senos y el sexo, sin ánimo de descubrir que el sexo también cedía poco a poco a la gravedad, sino pensando en que un par de senos son siempre bellos al atardecer.

El vendedor de flores de la esquina fue el primero en atrapar un papelito. Algunos curiosos se aproximaron y lo miraron leer. Los pobres ramos marchitos cayeron de sus manos mientras cerraba los ojos. Cincuenta metros más allá, una mujer con un bebé en brazos, que también leía, estuvo a punto de desmayar. Los policías que estaban en la avenida, esperando reportes de los que estaban adentro, miraban atónitos el papelito que habían atrapado, sorprendidos una y otra vez, como si esperaran que el mensaje fuera a cambiar repentinamente por arte de magia, cosas que sólo se creen los policías. La muchedumbre tardó poco en descubrir que cada papel tenía la misma frase. Las mimas cuatro palabras escritas con una bella caligrafía que recordaban una inevitable sentencia.

Entonces, algunos lloraban y otros nerviosos reían. Algunas mujeres miraban y se sentían como ella, desnudas, pero luego se miraban cubiertas de ropa y no podían decidirse que hacer con su cuerpo, si ponerlo aquí o llevarlo allá, si esconderlo o engordarlo o adelgazarlo. Al fin de cuentas, es tan sólo un cuerpo.

El caos estaba abajo sacudiendo las ideas de gente que vive sin sacudirse de verdad. Pero ella, sin mirar hacia abajo, había empezado a sentir que el frió le aceleraba el corazón. Entrando a la alcoba, encendió la luz. Buscó un par de pantalones, una blusa poco llamativa y se vistió. Abriendo la puerta, saludando a los oficiales con su magnífica sonrisa, se dirigió a las escaleras y fue a comprarse un café. Cuando salió del edificio, la calle estaba completamente vacía. Sólo el vendedor de flores le esperaba abajo, sentado en el caño, con los ojos tristes y brillantes. Cuando la vio, sin conocerla, le dijo: ¡Señorita, tampoco lo olvide usted! Se miraron un instante y luego él se fue, caminando despacio, mirando lo alto de los edificios al mismo tiempo que ella caminaba sonriente, aspirando el aroma de un ramo de flores marchitas que un extraño, que compartía con ella el mismo fugaz instante de existencia, le había regalado al pasar.

27/12/07

Paseo

Tardé muchos años en notar por qué la veía diferente. En un principio pensé que era su rostro, y luego mis hipótesis fueron recorriendo los más variados caminos pasando por su andar, sus ropas, su voz, la forma en que mantenía su cama, como si (me) esperara para usarla. Tan distintas fueron mis especulaciones que ya no las podría enumerar en una letanía de frustraciones cronológicas.

Un día yo iba caminando por la orilla de un majestuoso río disfrutando de su aroma, viendo coloridas algas y peces, distraído de todo, abusando de mi cuerpo para sentir y apreciar el viento chocarme, lentamente, brisas frescas mezcladas con algún ocasional céfiro tibio.

Esa caminata sin dudas tenía algo de relevante en mi próximo futuro. Se sentía apasionante. La imponencia del río con toda su fuerza destructiva moviéndose como un gatito a mi costado, impregnándome con su olor, salpicándome como si se le olvidaran algunos pelos adheridos a mi ropa, ronroneando de placer o para que yo lo escuche. Puede que el río se haya encontrado algunos milímetros fuera de su cauce o que yo haya finalmente podido interpretar ese flujo acuífero en toda su magnitud, o simplemente mi necesidad de relajación estuviese depositando su saciedad en todo el conjunto de la situación.

Sentía cómo el viento corría directamente en mi contra cuando de repente noté que ella estaba adelante mío y, sin saberlo, me reveló su naturaleza fuera de la naturaleza. Parada ella justo ante mí pude sentir cómo el viento seguía golpeándome, más fuerte, más fuerte, más helado. Mi piel se erizó como nunca antes al ver cómo el viento no se detenía en su espalda si no que pasaba a través de ella y se estrellaba fatalmente adentro de mis pupilas. El momento era distinto, como celestial pero sin color, a decir verdad, no recuerdo todos los detalles de lo que sentí.

No tuve más escapatoria. Dí un paso largo a través de ella y seguí mi rumbo como si jamás la hubiera visto.

7/12/07

Las muertas bailan

Había llegado del sur y me extendía su mano con fuerza, mientras el hacha de sus cabellos negros lacios cortaba su rostro con brutalidad y me obligaba a concentrarme en la mirada cenicero, en esos mismos ojos que tenían las mujeres que asomadas desde una ventana habían visto venir el huracán de los tiempos y habían salido valientes en un arrebato inútil para intentar detenerlo. Años después, las notas de un fagot y el ritmo de una orquesta estarían trayéndola de nuevo hacia mí: Con la severa atmósfera oscura en la sombra de sus párpados, con las manos cruzadas sobre el pecho y el odio brotando de sus pies. Yo intentaba estirar la mano y alcanzarle. Ella, furiosa, huía danzando con ese cuerpo difuso que tienen los muertos en la memoria. Mi búsqueda continuaba. Me había negado cualquier de perderla de nuevo. No quería dejar escapar la oportunidad de tomarla entre mis brazos y aspirar el olor de sus cabellos, quizás bañados por ese particular aroma que se impregna del polvo de los destierros. La veía correr entre mis nervios y esconderse en los laberintos de mis neuronas, bailando con el bolero, abriéndose paso entre la noche que le abrazaba. Debí haberme aferrado a aquellos brazos fuertes y ancianos para que mis huesos la envolvieran en un caparazón que la protegiera por siempre. Sin embargo, aquella noche, nuestro encuentro no fue así. Yo di media vuelta y me marché, caminando, pensando que tendríamos la vida para cumplir nuestras promesas. Y al mirar hacia atrás, mis lágrimas corrieron cuando descubrir que entre los hilos y los duelos, ahora ella era quien estaba muerta.

13/11/07

Visitante

Suerte que lo fantástico existe y los delirios no, y que yo haya podido conocer a este ente que ví, estoy seguro, pero que no sabría explicar su forma, sus líneas o a qué olía su altura o la longitud de su olor. Era bellísimo y hacía replantear esos supuestos de naturaleza humana hombre atrás de mujer o ella arriba y solamente entre un varón y una ella, ya que no se sabía si tenía sexo para afuera o para adentro, aunque bien podría haberme violado con algo para afuera, de su para adentro.

Apareció sin más y al desaparecer dejó partecitas de ser debajo de las plantas donde estaba parado o levitaba o simplemente estaba -o era- que encontré porque quise cavar ese trozo de planeta y llevarlo para siempre a casa, y me encontré esos trozos o esas algos restantes que habían penetrado apenas la superficie verde dejándola de ese color que, por supuesto, no conocía y sigo sin conocer porque no soy capaz de describir (legado de la ciencia).

Loco o no, dijo que es ingenuo pensar que las personas son ingenuas porque no lo son, que hay buenas y malas y que, si bien, a los que tienen contorno les cuesta definir esa línea, sí existe ese maniqueísmo teóricamente superado, y que deberíamos tomar una postura más clara.

Con aire profético se le cayeron palabras: Error es despertarse y error es dormirse.

Palabras así, aunque nadie me ayude a explicaralas, absurdizan cualquier intento de presencia terrenal sumiéndonos en un círculo vicioso infinito en el que no se descansa nunca, ni durmiendo ya que es cometer un error y prepararse para despertar, con sueños y contorsiones en el medio, que también es un error, ni mucho menos estando despierto, habiendo cometido el error de despertar y desenvolviéndonos sabiendo que caeremos dormidos cometiendo el otro.

Yo no sé realmente qué categorías de análisis manejan en el lugar del que viene, si es que existen lo que llamamos categorías y si es que estudian... cosa que creo casi improbable.

Fue hermoso recoger en un frasquito aséptico sus pequeñísimos fragmentos de ser, como una iluminación momentánea que llega por donde menos la esperaba, por la vista.

Creo que el contacto con este personaje o con sus palabras o con los restos de sí que se le escaparon o dejó me cambiaron un poco y ahora ya meñ cñueñsta ñññmuchññño coññññmunicñññññarmeññññ con lñas ñperñssonññññas ñññññññññññ ñññññññ ññ ñññññññ ñññ

7/11/07

Cinco para la una.

Maldita sea la hora en que me senté en la vieja parada de autobús de la calle 23. Ahí, en medio de la nada, cerca de la una de la madrugada, estaba esperando que el chofer decidiese despedirse de la mujer delgada, de senos dulces y risa fuerte, que giraba su cabellera con sensualidad mientras permanecía sentada en los regazos del apasionado conductor.

La espera hubiera sido tolerable. Yo me hubiese concentrado quizás en las reflexiones acerca de mi propia vida, de cómo mis sueños se escapaban y cómo perdía el cabello, de las noches grises que me esperaban en mi nuevo país y de los muertos que no podría enterrar en el anterior. Pero no. El destino había decidido provocarme una jugarreta pesada.

Cinco minutos de tranquila espera fueron repentinamente interrumpidos por una tos pesada y cansada. Al voltearme, un señor anciano caminaba con su bastón y se detenía junto al autobús. ¿Este es el transporte de la una?, preguntó. Yo respondí, mirando mi pulsera de reojo: “Si. Faltan cinco minutos. Cinco.” El señor me miró con extrañeza: ¡Mi’jito, eso no es posible, yo salí de casa faltando cinco para la una.” Colocándose el bastón en la mano, lo alargó suavemente y dio tres golpes en la ventana del autobús. La mujer, con la blusa medio abierta, volteó sonriendo apenada por un instante y, mirando al conductor, reían y se abrazaban felices.

El terco anciano insistía: ¿Para cuando? ¿Para cuando se va el autobús? ¿Debemos irnos ya? Yo intentaba concentrarme en el silencio, pensaba en el viento que movía las hojas, en el sonido de los caños escurriendo. El canoso hombre continuaba su perorata. Fue entonces cuando, con el bastón, empezó a golpearme suavemente la base de mi pierna. “Dígale, dígale al conductor que debemos irnos” Miré de nuevo el reloj. Faltaban tres minutos para la una. Decidí esperar e ignorar al anciano.

Grave error. El hombre parecía transformarse en una extraña bestia hambrienta por la precisión de la partida. La luna llena me hizo recordar cuentos de hombres lobos y leyendas plagadas de tragedia. El anciano, ahora con su dedo, intentaba molestarme: “Mi’ijito, no está bien dar ese trato a un anciano”. Yo sentía el dedo presionando sobre mi hombro con insistencia. Era como un pulso insoportable. Las arrugas de su dedo que presionaban mi piel e iban creando un hueco. Pude imaginar mentalmente el enrojecimiento de la zona que el señor punzaba con insistencia. “Son la una, debemos irnos, me espera un largo viaje. Tengo planes.”. Presionaba. “Nadie debería amarse a estas horas”. Su dedo insistía. “Quiero irme, hace frío”. Mi piel empezaba a sentirse adolorida.

De pronto, mi reacción brusca nos sorprendió a ambos. Le grité fuerte, con ira acumulada, que me dejara en paz y que esperara tranquilo, que ya llegaría su hora, que moriría a su tiempo y que de nada le servía la prisa. Le escupí en su cara que entendía que estaba desesperado porque ya no le quedaba mucha vida por delante, pero que tratara de controlarse. Me levanté, golpee la ventana del autobús, le dije al chofer que “El pobre anciano tiene prisa, no le queda mucho tiempo… ¿Sabe?” El anciano me miró. Tomó su sombrero y su abrigo. Se colocó indignado a la orilla de la calle, detuvo un taxi y se marchó.

El chofer del autobús y su amante me miraban con reprobación. Me consideraban un insensible, un abusador de ancianos, una bestia que se transforma con la luna llena. Abriendo las puertas, el conductor me dijo: “Ya puede subir. Salimos en tres minutos”. Fue entonces cuando busqué mi maletín ubicado en la banca de la parada y no lo hallé. Miré de nuevo alrededor y no estaba. ¡Maldito anciano!, pensé. Mentalmente, reconstruí el contenido de la maleta: Mi billetera, el pasaporte, un poco de dinero, mi cámara fotográfica y mi teléfono celular. ¡Maldito anciano!

El chofer reía. Me invitó a subir y dijo que podía llevarme sin pagar. Subí decepcionado, enrojecido. La mujer me miraba desde el fondo de sus ojos negros, que destacaban en la penumbra: “El señor Gargiulo lo hace siempre. Presiona con insistencia. Esa es su especialidad” Y volteándose, me mostró su bella espalda morena mientras besaba en el cuello a su conductor. Miré por la ventana y ni siquiera noté cuando la mujer se despidió ni cuando el autobús empezó a andar.

28/09/07

Tiro al blanco

El comienzo de un vínculo más importante era inminente. Ya se esbozaba una pareja con sólo verlos.

Él, extrovertido, enérgico; ella, reservada, inteligente. Cuando se reunían por lo que sea en el aire se percibía un cambio: los perros barrían suelos con sus colas y los pájaros cantaban en coro (hasta en stereo. Los de la derecha hacían los graves y los de la izquiera los agudos).

Cuando por fin se besaron ni el Sol ni la Luna se dignaron a aparecer por días sobre los cielos, eran demasiado pequeños a comparación de ese amor. Ellos eran una pareja muy feliz, envidiables.

Un poeta les dedicó su consagrado "Cinco Taj Mahal para su belleza femenina, cinco murallas chinas para su masculino abrazo".

Se amaban.

Pero les faltaba algo, peligro, y decidieron comprar un arma para cada uno.

Cuando hablaban amándose se apuntaban el uno al otro y reían. Antes de dormirse, luego de amarse, descargaban sus armas. Si hubieran decidido tener un hijo o una hija amándose habrían tirado un tiro al aire juntos.

Pero querían algo que perdurara aún más, amarse para siempre.Por unanimidad, eligieron suicidarse amándose.

Juntos ellos junto a su amor armado se fusilaron, se desamaron.

13/09/07

Cuentos para provocar insomnio

El gigante despertó por la mañana sintiendo entre sus cabellos las asquerosas liendres de los esperanzados. Restregándose los ojos con sus manos, descubrió que la sangre de las masacres del día anterior había teñido sus uñas. Se lavó las manos y nuevamente su cráneo empezó a picar. Al parecer, los esperanzados se habían levantado con deseos de molestarle la existencia. ¡A la mierda!, pensó. Abriendo la ventana de par en par, respiró el maravilloso aire de ciudad contaminada. El sol alumbraba el desierto de árboles amputados. Sirviéndose una taza de petróleo, negro y sin azúcar, se dispuso a leer el diario. Los encabezados cantaban himnos gloriosos: “Terremoto en Indonesia”, “Fábricas despiden a 80.000 obreros”, “Guerra por el agua es inminente”. Sonriendo, quiso celebrar. Preparó el viejo tazón, botín de alguna antigua guerra y lo lleno con los crujientes huesos de niños y niñas famélicas. La leche le caía mal desde su infancia. Por eso, el gigante prefería desayunar esqueletos bañados en desechos químicos. La verde botella dejaba escapar un líquido que, al contacto con las hojuelas óseas, expulsaba un aromático azufre. Será un gran día.

La puerta de su casa se abrió. Bajo sus pies, ínfimo y casi invisible, una joven esperanzada le mostraba una nueva perla dorada acuñada por las manos de su tribu. El gigante se emocionó. Tomando la joya y la adolescente, colocó la primera en el cofre de los tesoros y la segunda en su cama, la primera para sentirse más gigante y la segunda para el placer carnal, la primera era invaluable y la segunda desechable. En medio del furor sexual, el gigante aplastó a su joven amada cuando sintió que los huevos de los esperanzados rompían en su cabeza. Entonces, preocupado, fue a buscar en su botiquín una botella café repleta de pesticidas. Lavándose el cabello, planificó su día: Quería ir a calentar glaciares y a deshojar bosques pensando en su amada, quería almorzar aletas de tiburón y tener un postre sabroso y agrio como el llanto de los vencidos.

Sin embargo, el gigante sintió por primera vez algo que no esperaba. No podía decirse que fuera culpa o remordimiento o siquiera una preocupación. No. Fue algo menos real y más angustioso. Se sintió acompañado por un ser más poderoso que él. Revisando su casa con desesperación, el gigante intentaba hallar el monstruoso ente que lo vigilaba. Emprendió la búsqueda por horas hasta que el sueño le venció. Recostado en su cama, abrigado, pensó que había enfermado de una gripe.

Horas después, los delirios empezaron a acompañar la fiebre. El gigante no entendía por qué. Clamaba a Dios que le salvará la vida, pedía clemencia, respiraba con dificultad. En su cabeza, escuchaba una fiesta, la celebración de los esperanzados que vivían entre sus cabellos y que ahora sobrevivirían disfrutando de su carne. A pesar de su tamaño, todo su cuerpo fue invadido por un miedo mucho más enorme y poderoso.

Al acabar el día, el gigante murió, asustado. No hubo llantos ni ceremonias. Sin embargo, su presagio fue errado. La gripe que se había adueñado de su cuerpo se estaba acumulando a presión, por años y siglos. A la hora de su muerte, el gigante se abrió de par en par y el pus de su putrefacción alcanzó lo que quedaba de vida y lo arrastró hacia la muerte. Nadie sobrevivió. Ni esperanzados ni gigantes. Ni siquiera una anécdota, una memoria, una fábula o una historia absurda que flotara por los aires disfrazada de advertencia.