De repente todo fue fantasía.
Y yo lo escribía más o menos así.
El niñito era distinto, estaba apurado para perder todo lo que en el futuro extrañaría, quería sentir cómo era eso de extrañar. Extrañar, es algo que algún día querría dejar de hacer.
El jovencito aprendía a su corta edad todo lo que yo iba adquiriendo, día a día, pero me las ideaba para crear situaciones en las que un maestro le dictaba los conocimientos. Como no podía ser de otra forma, empecé a escribir tardíamente; mi creación no me alcanzaba en saberes nunca y yo me consideraba en mejores condiciones que él. Eso era justamente lo que yo quería: notarlo comprensivo, asombrado, maravillado del maestro que suponía ser al crearle una existencia. Necesitaba por una ocasión en mi maldita vida sentirme admirado por alguien.
Me volví totalmente ruin y solitario, rodeado de momentos de aislamiento total, sin comunicación, buscando impetuosamente cada noche poder estar lejos de las personas, lejos de los animales, para seguir con mi historia de la manera más auténtica posible, sin influencias de ningún tipo. Atrás quedaron las fiestas, las cenas con amigos, las impostergables reuniones de vino y tabaco en los salones vidriados de la casa de mi cuñado y las incursiones en el club del ajedrez. Todo. Ya nada. Yo.
Fui quedándome sin pertenencias por no querer hacer otra cosa que escribir y escribir. Poco a poco también me fui quedando sin consejos para mi marionetita, el niño de vez en cuando se me sublevaba acorralando al maestro que yo le ponía adelante hasta casi hacerlo desaparecer en varias ocasiones. Ya los golpes no servían y la autonomía fue creciendo y yo, pobre de mi si me viera en este momento, tuve que despojarme de mi espejo tan valioso en esa época para poder seguir con mi obsesión.
En el espejo yo veía cómo mi cuerpo cambiaba de forma. Reía al ver cómo las partes redondeadas de mi barriga se iban quedando rectas y luego se invertían su curvatura hacia adentro, mis costillas puntiagudas. Hubiera pinchado un globo quizás si lo apoyaba de la forma correcta contra mi tórax.
Mis lápices se acabaron, mis hojas también y yo aún creía tener cosas por instruirle. Fue un lapsus nada más, lo juro. Robé y maté. ¿A quién? No importa, espero ser juzgado alguna vez. En mi encierro dejé de desconfiar de la justicia por considerarme justo, lo cual me quitó un poco de mis preocupaciones.
Finalmente tuve de nuevo materiales y seguí, ahora con una nueva historia para contarle a mi personaje, una historia cruel, cobarde, causada por un protervo sin escrúpulos, un crimen minucioso con fines literarios que nadie fue capaz de premiar.
Y la velocidad del relato cambió, pronto tuve que repetir mis condenables actos con mayor frecuencia. Vendí el resto de mi casa a cambio de unas monedas. Puesto que asesinar y saquear era lo único que hacía ya, era todo lo que podía contarle.
Él continuaba poniéndose más díscolo con cada aparición de la palabra "hoy", y la historia fue absorbiéndome lentamente, aún más. Ahora entiendo mejor ciertos asuntos. Mi historia fue el caso de un escritor sin la suficiente creatividad como para mantener un mundo en pie, sin contacto con el mundo en pie en el que creció. Iba legándole sólo lo que yo veía.
Cuando ya no tuve formas de procurarme ni el papel, ni siquiera un lápiz, empezó la locura.
Con mi mano derecha escribí sobre mis camperas, luego mis pantalones, sobre mi camisa, sobre mis zapatos y era imparable el proceso. No podía dejar de escribir por nada del mundo. Sobre mi pecho, mis piernas, mi otro brazo y sin darme cuenta conté todo lo que sabía, mi imaginación dejó de responderme y toda mi vida perdió el sentido.
Ahora recibía órdenes. Era un títere de mi creación, y no me dictaba nada bueno. Sentía sus palabras como resentidas conmigo, como tomándose venganza por lo que yo había hecho de él.
Me dirigí directo al rosedal, corté una larga rama y, con la flor de guía, la empujé hacia mi boca todo lo que pude. ¡Ah! ¡Ah! Fue un toser sangre y agarrarme las entrañas lo más fuerte que pude hasta no sentir más ni una espinita adentro.
Escribir después de muerto es una experiencia traumática al principio, pero creo que ya medianamente se entienden mis palabras.
Ahora otro escritor continúa mi relato. Él no sabe por qué motivos si no escribe al comienzo de cada hoja que el niño llora no puede continuar escribiendo. A veces lo escucho hablar solo y siento que está en buenas manos. Por las noches lo observo escabullirse y repetir mis condenables actos. Todo se repite.
Hay que tener mucho cuidado cuando se pretende dejar algo a la posteridad.